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Moldeado Por Una atención Sedosa

No siempre se responde a una petición de concentración, pero quienes se dedican a diversas disciplinas han encontrado maneras de cultivarla. Los violinistas que practican escalas y los bailarines que repiten los mismos movimientos durante décadas no se limitan a calentar o a entrenar mecánicamente sus músculos. Aprenden a prestar atención plena, momento a momento, a sí mismos y a su arte; aprenden a alcanzar una presencia serena, libres de las distracciones del interés o el aburrimiento.

Sin importar cómo se origine, la verdadera concentración aparece —paradójicamente— en el momento en que el esfuerzo voluntario desaparece. Es entonces cuando la persona entra en lo que el científico Mihaly Csikszentmihalyi ha descrito como «estado de flujo» y el Zen denomina «esfuerzo sin esfuerzo». En tales momentos, puede haber alguna emoción intensa —una sensación de alegría o incluso tristeza—, pero, como suele ocurrir, en la concentración profunda, el yo desaparece. Parecemos sumergirnos por completo en el objeto de nuestra atención, o bien desvanecernos en la atención misma.

Esto podría explicar por qué la creatividad se describe con tanta frecuencia como impersonal y ajena al yo, como si la inspiración fuera literalmente lo que su etimología implica: algo «inhalado». Nosotros [los poetas] nos referimos, aunque metafóricamente, a la Musa y hablamos del profundo descubrimiento artístico como una revelación. Y por mucho que lleguemos a creer que «lo real» es subjetivo y construido, seguimos sintiendo que el arte es un camino no solo hacia la belleza, sino también hacia la verdad: si la «verdad» es una narrativa elegida, entonces las nuevas historias, las nuevas estéticas, son también nuevas verdades.

La dificultad misma puede ser un camino hacia la concentración: el esfuerzo invertido nos sumerge en la tarea, y el éxito, por laborioso que sea, se convierte también en una labor de amor. El trabajo de escribir reconforta incluso al escritor que aborda temas dolorosos o resuelve problemas formales, y hay momentos en que el único camino posible para superar el sufrimiento es sumergirse en la realidad. El poeta urdu del siglo XVIII, Ghalib, describió este principio así: «Para la gota de lluvia, la alegría reside en entrar en el río. El dolor insoportable se convierte en su propia cura».

La dificultad, ya sea de la vida o del oficio, no supone un obstáculo para el artista. Sartre definió el genio como «no un don, sino la capacidad de inventar en circunstancias desesperadas». Así como la presión geológica transforma los sedimentos oceánicos en piedra caliza, la concentración del artista se manifiesta en la creación de cualquier obra plenamente realizada. Gran parte de la belleza, tanto en el arte como en la vida, reside en el equilibrio entre el deseo que fluye y la resistencia: un árbol nudoso, el fluir del drapeado de una estatua. A través de estas tensiones, físicas o mentales, el mundo en el que existimos se manifiesta. Podríamos decir que el gran arte es pensamiento concentrado de esta manera: refinado y moldeado por una atención delicada aplicada a la materia recalcitrante de la tierra y de la vida. Buscamos en el arte la intensidad esquiva que le permite comprender.
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