Muchos nos hemos convencido de que podemos romper nuestras propias reglas personales "solo por esta vez". En nuestra mente, podemos justificar estas pequeñas decisiones. Ninguna de ellas, al principio, se siente como una decisión trascendental. Los costos marginales casi siempre son bajos. Pero cada una de esas decisiones puede acumularse y convertirse en algo mucho más grande, transformándonos en la persona que nunca quisimos ser. Ese instinto de centrarnos en los costos marginales nos oculta el verdadero costo de nuestras acciones.
El primer paso en ese camino se da con una pequeña decisión. Justificas todas las pequeñas decisiones que te llevan a la grande, y cuando llegas a ella, ya no parece tan enorme. No te das cuenta del camino que estás recorriendo hasta que levantas la vista y ves que has llegado a un destino que antes te parecía impensable.
Comprendí el daño potencial de un "solo por esta vez" en mi propia vida cuando estaba en Inglaterra, jugando en el equipo universitario de baloncesto. Fue una experiencia fantástica; me hice muy amigo de todos mis compañeros. Nos esforzamos al máximo durante toda la temporada y nuestro trabajo duro dio sus frutos: llegamos hasta la final del torneo británico equivalente al torneo de la NCAA.
Pero entonces me enteré de que el partido del campeonato estaba programado para jugarse un domingo. Eso era un problema.
A los dieciséis años, le había prometido a Dios que nunca jugaría al baloncesto los domingos porque es mi día de descanso. Así que fui a hablar con el entrenador antes de la final del torneo y le expliqué mi situación. No lo podía creer. «No sé en qué crees», me dijo, «pero creo que Dios lo entenderá». Mis compañeros también estaban atónitos. Yo era el centro titular, y para colmo, el centro suplente se había dislocado el hombro en la semifinal. Todos los chicos del equipo se acercaron a mí y me dijeron: «Tienes que jugar. ¿No puedes romper la regla, aunque sea solo por esta vez?».
Fue una decisión difícil. El equipo sufriría sin mí. Los chicos del equipo eran mis mejores amigos. Llevábamos todo el año soñando con esto.
Soy un hombre profundamente religioso, así que me retiré a orar para discernir qué debía hacer. Mientras oraba de rodillas, tuve la clara sensación de que debía cumplir mi compromiso. Por eso le dije al entrenador que no podría jugar el partido del campeonato.
En muchos sentidos, fue una decisión insignificante, una de las miles de decisiones que he tomado en mi vida. En teoría, seguramente podría haber cruzado la línea solo esa vez y no haberlo vuelto a hacer. Pero al reflexionar sobre ello, me doy cuenta de que resistir la tentación de pensar: «En esta circunstancia excepcional, solo por esta vez, no pasa nada», ha sido una de las decisiones más importantes de mi vida. ¿Por qué? Porque la vida es un flujo interminable de circunstancias excepcionales. Si hubiera cruzado la línea esa vez, lo habría hecho una y otra vez en los años siguientes.
Y resultó que mis compañeros no me necesitaban. Ganaron el partido de todas formas.
Si cedes ante la tentación de hacerlo "solo por esta vez", basándote en un análisis de costo marginal, te arrepentirás de las consecuencias. Esa es la lección que aprendí: es más fácil mantener tus principios el 100% del tiempo que el 98%. El límite —tu línea moral personal— es poderoso, porque no lo cruzas; si lo has justificado una vez, nada te impedirá volver a hacerlo.
Decide qué defiendes. Y luego defiéndelo siempre.
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