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El Don Del frío

En el hemisferio sur, la noche del 20 de junio es la más larga del año y marca la llegada del invierno. Recibir el frío como un regalo es parte de estar en armonía con la naturaleza y sus ciclos…

Hace poco vivimos la noche más larga del año. Quizás pasó desapercibida; al fin y al cabo, la diferencia fue de segundos. Pero todos sentimos la llegada del frío, puntual, como la de un novio que llega para una cita ineludible. Pocos lo celebraron, porque su llegada pone fin oficialmente a la dulzura del verano y anuncia tiempos de dificultades y rigor.

El frío es una ausencia, una ausencia de calor, y sin embargo se siente como una presencia… Foto: Jög Peter/Pixabay

«El frío es una ausencia, una ausencia de calor, y sin embargo se siente como una presencia: una presencia vigorosa y hostil en el aire…», escribe John Updike en su ensayo titulado, precisamente, El frío. Incluso en mi ciudad, Buenos Aires, donde los inviernos son suaves y sin nieve, esa presencia modera el ánimo, exige quietud, silencio, el cese de esfuerzos superfluos, abrigarnos con algo suave y buscar refugio.

Los antiguos honraban este rito de paso con ceremonias y celebraciones. Los iroqueses solían acostarse temprano en la noche más larga, convencidos de que la Madre Noche reinaba sobre la Tierra y caminaba entre los sueños de las personas para enviarles mensajes. Al amanecer, la tribu se reunía para intercambiar visiones. Los incas celebraban el Inti Raymi (Fiesta del Sol): recibían los primeros rayos del solsticio con los brazos abiertos, lanzando besos a Apu Inti (Dios Sol). En la Patagonia, la tribu mapuche aún celebra el We Tripantu, o Año Nuevo, una fiesta de purificación y gratitud por la renovación de la vida.

¿Y qué nos ofrecería? ¿Una invitación a la quietud tras el gozoso disfrute del verano? ¿Una exhortación a dejar atrás las preocupaciones del mundo por un tiempo para crear sueños lentos y sutiles al amparo de nuestra propia incandescencia?

Foto: David Mark/Pixabay

Para nuestros antepasados, el invierno era una prueba de supervivencia. Y aunque hoy muchos de nosotros —los afortunados— contamos con calefacción en nuestros hogares, transporte y ropa de abrigo, la estación de los árboles desnudos nos transporta a aquella primera experiencia de vulnerabilidad. El viento helado se lleva las últimas hojas y, con ellas, todo rastro de vitalidad y despreocupación. En los meses venideros, tendremos que buscar nuestro propio calor y proteger nuestra luz si queremos sobrevivir a interminables noches frías sin perder nuestra fuerza ni aplomo.

¿Cuál podría ser, entonces, el motivo de celebración? Para el mundo vegetal, está claro: las bajas temperaturas eliminan hongos y plagas (estimulando el crecimiento de plantas y árboles frutales), endulzan las manzanas y las bayas (y otras frutas de cosecha tardía que solo maduran después de que baja la temperatura) y dan luz verde a los árboles y arbustos para que entren en su largo letargo estacional.

Sentiríamos los susurros del invierno llamándonos…

Si pertenecemos al sol y su calor, al brote y al retoño, a la flor milagrosa, también pertenecemos al viento, a la rama desnuda, al frío. ¿Y qué nos ofrecería? ¿Una llamada a la quietud tras la alegre indulgencia del verano? ¿Una invitación a dejar atrás las preocupaciones del mundo por un tiempo para crear sueños lentos y sutiles bajo el amparo de nuestra propia incandescencia? ¿Una invitación a reunirnos alrededor de una hoguera, de una estufa, para intercambiar secretos y visiones? Si pudiéramos desconectarnos por un instante de las pantallas y las luces, sentiríamos los susurros del invierno llamándonos como llama a las semillas, a las hojas, a la savia que desciende, a los animales que cambian de pelaje, a la hierba que se detiene en seco y guarda sus fuerzas para la primavera.

Puede que hayamos perdido el pulso de tantos ciclos vitales, puede que los hayamos alterado con nuestras intervenciones inconscientes, pero nunca hemos dejado de formar parte de ellos. Poco a poco, guiados por algunas voces infalibles, redescubrimos, en palabras de Mary Oliver, nuestro «lugar en la familia de las cosas». Los científicos hablan de biofilia —el amor por los seres vivos que late incluso en el habitante más implacable de la ciudad— y recurren a la biomimética para aprender de la naturaleza cómo resolver problemas, incluso aquellos que hemos creado al intentar frustrar sus planes.

Al restaurar esas partes perdidas, nos damos cuenta de que los hábitats recuperan mágicamente su riqueza y vitalidad. Foto: Madeleine Lewander

Surgen nuevas disciplinas, como la ecopsicología, que buscan reintegrar la psique humana a su entorno natural (del cual parecía haberse alejado). Existen intentos exitosos de «renaturalizar» nuestros ecosistemas: reemplazar especies animales que, con arrogancia, erradicamos (lobos de los bosques, ballenas de los mares), creyendo que se trataba de una mejora respecto al estado actual, un ajuste insignificante. Al restaurar esas partes perdidas, nos damos cuenta de que los hábitats recuperan mágicamente su riqueza y vitalidad.

Si pertenecemos al sol y a su calor, al brote y al retoño, a la flor milagrosa, también pertenecemos al viento, a la rama desnuda, al frío.

«Hablar de naturaleza salvaje es hablar de plenitud. Los seres humanos surgieron de esa plenitud», afirma el poeta naturalista Gary Snyder. Al intentar eliminar de esa plenitud las partes que nos resultan incómodas, las que nos amenazan o nos acosan, lo que queda es una realidad empobrecida, propia de novelas románticas desprovistas de verdad, emoción o perspectiva.

Si pertenecemos al sol y a su calor, al brote y al retoño, a la flor milagrosa, también pertenecemos al viento, a la rama desnuda, al frío. Quizás ese sea el verdadero regalo del invierno: recordarnos que incluso los regalos difíciles deben recibirse con el corazón abierto. Y con gratitud.

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