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Bailar Es (más que) Un Acto radical.

Bailar es más que un acto radical. Es generativo .

Bailar ofrece mucho más que un simple cambio radical en nuestra mente, en nuestra forma de vida sedentaria, centrada en el cuerpo y en la individualidad (como describí en mi publicación anterior). Bailar es un recurso fundamental para generar alternativas. Quien baila sabe que no es así.

Al bailar, practicamos el aprendizaje, la imaginación y la creación de nuevos movimientos corporales. Al hacerlo, cultivamos la percepción sensorial del movimiento externo: visual, auditivo y táctil. También cultivamos la percepción sensorial del movimiento interno: de los músculos y órganos, los huesos y la respiración, los ritmos y las ondas.

A medida que crece nuestra capacidad de percibir estos movimientos internos y externos, también crece nuestra capacidad de responder mediante acciones coordinadas. Bailamos y somos bailados por las energías que fluyen a través de nosotros. Y a medida que este baile orienta nuestros sentidos, nos volvemos cada vez más capaces de imaginar ideas, principios y paradigmas que expresen la atención minuciosa a nuestro cuerpo que exige dicho baile.

El baile, por tanto, nos proporciona un tipo de conocimiento que necesitamos ahora: conocimiento sobre cómo crear relaciones mutuamente beneficiosas con la naturaleza que actúa en nosotros, a través de nosotros y a nuestro alrededor.

¿Por qué necesitamos este conocimiento ahora?

En los últimos cuatrocientos años, nos hemos empeñado en construir refugios diseñados para aislarnos de las vicisitudes y la variabilidad de la naturaleza. Viajamos en vibrantes refugios metálicos; habitamos en refugios de madera, ladrillo, vidrio, metal y hormigón; nos sentamos en refugios de cuatro patas, mientras contemplamos cajas portátiles cuyas pantallas nos deslumbran con imágenes de la naturaleza que nos perdemos. Creamos refugios conceptuales que reducen la naturaleza a una sustancia material, distinta de la naturaleza espiritual de nuestro ser pensante. Aprendemos a desear todo aquello que alimenta, financia y abastece nuestros queridos refugios. Aprendemos a desear ser las mentes que pueden y deben ejercer este control sobre nuestro ser corporal. Deseamos estar abrigados, bien iluminados, despiertos, limpios, secos y alimentados a cualquier hora del día, estación o año.

Hemos vivido de una manera que convierte a la naturaleza —incluida, y sobre todo, la nuestra— en un problema. Luchamos contra nuestros cuerpos que envejecen, se engordan y se llenan de deseos, para moldearlos a nuestra imagen y semejanza. Recurrimos a la tecnología en busca de ayuda. Como dice el refrán: la Madre Naturaleza hizo lo mejor que pudo. Los humanos podemos hacerlo mejor.

¿Qué diferencia podría suponer un conocimiento potenciado por la danza?

1. El movimiento que realizo me define. Una gran ironía de nuestra vida limitada es cuánto nos esforzamos por negar la fuente misma de nuestra resiliencia, creatividad y adaptabilidad como especie. Los humanos poseemos la capacidad única de aprender, recordar, movilizarnos y transmitir nuevos patrones de movimiento. Podemos y debemos hacerlo porque nacemos indefensos, incapaces de movernos de forma que nos permita sobrevivir.

El hecho de que podamos y debamos aprender a movernos implica que nuestros movimientos son siempre relacionales: siempre orientados hacia, desde, alrededor y a través de. Por lo tanto, no podemos dejar de aprender a adaptarnos, a formar hábitos, a convertirnos en seres marcados por sus estilos. Nuestros movimientos nos definen; crean las relaciones que nos sustentan en nuestro desarrollo, nuestro crecimiento y nuestra generosidad.

Sin embargo, en nuestra vida limitada, al aprender a ignorar nuestro cuerpo, aprendemos a querer movernos sin que esos movimientos nos controlen. Queremos comer sin sentirnos saciados ni engordar. Queremos tener aventuras extramatrimoniales sin dañar nuestras relaciones principales. Queremos conducir nuestros coches sin emitir dióxido de carbono. Queremos extraer agua de la tierra sin agotar nuestros acuíferos y rociar nuestros cultivos con pesticidas y herbicidas sin matar la vida silvestre en la tierra, el aire y el agua. Buscamos soluciones tecnológicas que nos permitan movernos como queramos sin tener que sufrir los efectos secundarios.

En nombre de la “libertad”, negamos el poder de nuestro propio movimiento. Actuamos en contra de nuestra naturaleza corporal, relacional e interdependiente. Semejante liberación de la fuente de nuestra vitalidad no es libertad, es suicidio.

Quien baila sabe que el movimiento que realizo me define. Por ello, nuestra mayor esperanza para crear el mundo en el que queremos vivir reside en nuestra capacidad corporal para descubrir, aprender y crear nuevos movimientos; movimientos que nos conectan, de forma mutuamente enriquecedora, con la naturaleza de la que formamos parte.

2. El placer es el camino. Los seres humanos somos criaturas que buscan el placer. Lo buscamos como prueba de lo que nos nutrirá, nos sostendrá y nos protegerá. Lo buscamos creando relaciones con las personas, los lugares, los proyectos y los problemas que nos ayudarán a convertirnos en quienes somos y a dar lo mejor de nosotros. Cuando actuamos de esta manera, el placer es palpable, primario.

Sin embargo, condicionados por nuestros prejuicios, tendemos a equiparar el placer con la comodidad. Llegamos a creer que encontraremos el mayor placer ignorando, reprimiendo o adormeciendo nuestras sensaciones corporales de malestar. Cuando nuestros movimientos nos estresan, nos deprimen, nos hacen sentir pesados ​​o enfermos, nos dejan con dolores de espalda y cabeza, y nos impiden dormir o despertar, seguimos pensando que el camino al placer reside en una solución tecnológica para nuestros "síntomas". Una vez más, luchamos contra nuestra naturaleza corporal, buscando liberarnos de la eficacia de nuestros propios movimientos.

Quien baila sabe que el dolor es una guía vital y valiosa en el camino hacia el placer que buscamos. El dolor nos llama la atención sobre lo que crean nuestros movimientos. Si sigo moviéndome de maneras que me causan dolor, me lastimaré y no podré bailar. El dolor no es el enemigo en el camino hacia el placer. Incluso cuando el dolor es resultado de un accidente o una tragedia, me guía a moverme de maneras que no me hagan daño, maneras que alineen mis pensamientos, sentimientos y acciones con las fuerzas de la naturaleza que actúan en mí, sanando, afirmando y creando constantemente.

El dolor es un potencial de placer que aún no he descubierto.

3. El deseo es la fuente. Nuestros deseos son la expresión más segura de nuestra voluntad de vivir, impulsándonos hacia aquello que creemos que nos brindará el placer que buscamos. Todos nuestros deseos —ya sean de alimento o contacto físico, vitalidad o pertenencia— tienen su origen en un impulso fundamental de conectar con todo aquello que nos permita ser. Nuestros deseos bullen en nuestro interior como la energía que financia nuestro movimiento, impulsándonos a encontrar y comprender cómo realizar los movimientos que crearán las relaciones que nos permiten vivir plenamente.

Sin embargo, al vivir encerrados en nuestras burbujas, es fácil perder el contacto con la efervescencia primordial de nuestros propios deseos. En cambio, permitimos que nuestros sentimientos de anhelo sean zarandeados y distraídos por las imágenes que se nos presentan.

Quien baila lo sabe: el placer humano más profundo reside en mover nuestro cuerpo de maneras que nutren nuestra vida. No se trata de la comida, el sexo, los premios ni el dinero, sino de las relaciones que establecemos con estas cosas a través de nuestros movimientos. Y es la conciencia sensorial de nuestro propio placer y dolor lo que nos guía para discernir la sabiduría de nuestros deseos.

4. El objetivo es jugar. Uno de los efectos más perniciosos de vivir vidas tan limitadas es cómo reducimos nuestra idea del movimiento corporal a "ejercicio". El movimiento corporal es el medio de nuestra existencia. Es nuestra práctica principal para resolver problemas, la fuente de nuestra libertad y creatividad. Es nuestra capacidad de encontrar, experimentar y crear nuevos movimientos lo que nos permite aprender a caminar, a hablar, a ser, a amar.

Sin embargo, solemos pensar en el movimiento corporal, en términos de la calistenia que practicamos, como un medio para un fin deseado. Es una forma de demostrar autocontrol, quemar calorías y poner en forma nuestros cuerpos. Cuando hacemos ejercicio, necesitamos contar cuánto tiempo, qué distancia y cuánto. Nos controlamos en minutos, kilómetros y esfuerzo muscular. No podemos imaginar que mover nuestros cuerpos simplemente por el placer de moverlos, por la satisfacción de probar nuevos movimientos, sea suficiente.

Al realizar este tipo de ejercicios, no logramos cultivar la conciencia sensorial de nuestra propia capacidad de movimiento. Perdemos grados de libertad.

Quien baila lo sabe: la razón por la que "hacemos ejercicio" es para jugar, para encontrar el juego en el momento, para liberar la capacidad de jugar que reside en nuestro interior. Bailando, exploramos las posibilidades del movimiento que surge en el momento presente. Cultivamos la receptividad a los impulsos de movimiento que surgen en nuestro cuerpo. Improvisamos. Imaginamos. Permitimos que nuestro cuerpo nos guíe en nuevos patrones. Seguimos un dedo del pie, un dedo de la mano, una nariz, las ondas de nuestra respiración hacia nuevos espacios de sensaciones.

Al hacerlo, ejercitamos una resiliencia creativa que nos beneficia en todos los aspectos de nuestra vida. Despertamos una conciencia sensorial que nos brinda un espacio interior para explorar nuestros miedos, desentrañar nuestros deseos y recibir impulsos que nos alineen con lo que más anhelamos: el placer que más deseamos. Cultivamos la capacidad de discernir qué podemos, debemos y tenemos que hacer para alinear nuestra acción con las fuerzas de la naturaleza de las que dependen nuestras vidas.

La naturaleza es más fuerte que cualquier caja que creemos para contenerla, expulsarla, reprimirla o controlarla. Las represas se rompen. Las torres se derrumban. Los oleoductos se agrietan. Las plataformas petrolíferas explotan. Los barcos se hunden. Los deseos estallan.

Es hora de recordar lo que sabe quien baila: nuestra mayor fortaleza como seres humanos y nuestra mayor esperanza de supervivencia en este planeta reside en trabajar con las fuerzas de la naturaleza, en lugar de en contra de ellas.

En este proyecto, la práctica de la danza es uno de nuestros mayores recursos. Al bailar, cultivamos una conciencia sensorial que nos ayuda a discernir cómo pensar, sentir y actuar de maneras que honren la naturaleza: la naturaleza que fluye por nuestras venas, crepita en nuestros pensamientos, vaga con nuestros sentidos, entra y sale de nuestro ser corporal, como un poder creativo mayor de lo que podemos imaginar, en el que, sin embargo, participamos con cada movimiento que hacemos.

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Para obtener más inspiración, únase a una conversación de Awakin Call con Kimerer LaMothe este fin de semana, el sábado 25 de octubre: Detalles y confirmación de asistencia aquí .

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