Seguí un sendero que me condujo a uno de estos bosques, a través de un túnel de verde penumbra y un crepúsculo azul ahumado. Allí dentro reinaba un silencio profundo y remoto. Mis pies se hundieron en el montón de agujas de pino. Los últimos destellos brillantes de luz solar se desvanecieron. Un pájaro se fue zumbando y dejó tras de sí un silencio más profundo. Respiré un aire diferente, antiguo y aromático. J. B. Priestley, un alegre observador de lo cotidiano, dramaturgo, novelista y ensayista, comparte su deleite con las silenciosas manifestaciones de belleza y magia de la vida cotidiana: un tranquilo pinar al atardecer, un ramillete de ciruelos en flor, la luz y la calidez de los rayos de sol. Celebre las maravillas cotidianas de la naturaleza con J. B. Priestley en esta selección de ensayos breves de la colección Delight.
Lo que sigue son pasajes extraídos de "Delight" de JB Priestley.
Paseo por el bosque de pinos
Cerca de la casa, en lo alto de una colina, había bosques de pinos y abetos; y, alejándome de los demás, seguí un sendero que me condujo a uno de ellos, a través de un túnel de verde penumbra y un crepúsculo azul ahumado. Allí dentro reinaba un silencio profundo y remoto. Mis pies se hundieron en el montón de agujas de pino. Los últimos jirones brillantes de sol se desvanecieron. Un pájaro zumbó, dejando tras de sí un silencio más profundo. Respiré un aire diferente, antiguo y aromático. Apenas había dado cien pasos cuando salí de nuestra Inglaterra meridional y me adentré en el mismísimo bosque del norte, con la espesura del tiempo, siglos y siglos, apretándome. Pequeñas puertas en el fondo de mi mente se abrieron suavemente. No fue la simple agudeza de la imaginación lo que me deleitó entonces, sino una agitación atávica y una intensificación de la imaginación, como si todos mis antepasados lejanos, sin duda del Norte, susurraran y señalaran en ese repentino crepúsculo. Cualquier giro ahora podría llevarme a la mágica forja, a la cueva del dragón; un cuerno podría resonar y romper el presente como si fuera un cristal pintado; el mundo de leyenda, que colgaba de estos árboles como telarañas, se cerraba a mi alrededor. Sin duda, mi preciado ego, desafiado a cada paso, sintió un toque de miedo; pero mi verdadero yo, reconociendo esta ampliación de la vida, encontrando su lugar por un instante o dos en esa procesión que es la verdadera vida del Hombre, respiró hondo, vivió en su propio mundo durante esos momentos y se deleitó.
La primera infancia y el tesoro
Puedo recordar, como si hubiera sucedido la semana pasada, hace más de medio siglo, cuando debía de tener unos cuatro años, y en las hermosas mañanas de verano, me sentaba en un campo junto a la casa. Lo que me deleitaba entonces era una misteriosa idea, para la que ciertamente no habría podido encontrar palabras, de un Tesoro. Me esperaba ya sea en la tierra, justo debajo de los ranúnculos y las margaritas, o en el aire dorado. No tenía ni idea de en qué consistiría este Tesoro, y nadie me había hablado nunca de él. Pero mañana tras mañana brillaba con su promesa. En algún lugar, no muy lejos de mi alcance, me esperaba, y en cualquier momento podía darme la vuelta y tocarlo. Ahora sospecho que el Tesoro era la Tierra misma y la luz y el calor de los rayos de sol; sin embargo, a veces me imagino que lo he estado buscando desde entonces.
La naturaleza como último consuelo
En lo más profundo de mí, imagino, hay un pequeño Wordsworth o Thoreau, que llora con ansias para que lo dejen salir. Porque cuando imagino que todo lo demás me falla, siempre me veo encontrando mi último deleite en la Naturaleza misma. Diremos que el mundo que he conocido está en ruinas, mi trabajo está hecho, mi familia y amigos están dispersos, y soy un viejo destartalado que vive con cuatro peniques; casi lo peor ha sucedido. Pero la Naturaleza, me digo, seguirá ahí, y por fin me volveré a ella con todo mi corazón y mi mente. Por fin nombraré esa flor, nombraré ese pájaro. Una celidonia en la hierba de enero iluminará toda una mañana. El canto de una tarabilla llenará y completará una tarde. Caminaré tambaleándome por los setos, riendo con alegría senil. Me uniré a un club de robles y olmos. Me enamoraré y comenzaré a cortejar un ramillete de ciruelo en flor. Y el deleite se elevará hasta el éxtasis cuando un gran rayo de sol vespertino alcance las tierras altas, brillante contra un cielo color peltre, y mis ojos legañosos parezcan contemplar los campos del Paraíso. Paciencia, paciencia, mi querido Wordsworth, mi fiel Thoreau: llegará tu turno.
Florecer
Flor –manzano, peral, cerezo, ciruelo, almendro– al sol. Allá en los valles cuando era niño. En Picardía, entre las ruinas de la guerra. Después, en Cambridge y entre los Chilterns, donde leía los manuscritos de mis editores y reseñaba ejemplares bajo su delicada sombra. En el fondo de los cañones, en Bright Angel y Oak Creek, en Arizona. Aquí, en nuestro jardín de la isla de Wight. Tantos lugares, tanto tiempo; y, sin embargo, después de cincuenta años, este deleite en las ramas espumosas sigue igual. Creo que si viviera mil años y me quedara algún atisbo de vista, este deleite permanecería. Ojalá pudiéramos limpiar el mundo de esta Tierra. Pero al menos una vez cada primavera, en una hermosa mañana, eso es lo que parecemos hacer, al contemplar de nuevo la flor y regresar al Edén. Nos quejamos y nos quejamos, pero hemos vivido y hemos visto la flor –manzano, peral, cerezo, ciruelo, almendro– al sol; y los mejores entre nosotros no pueden pretender que merecen –o podrían idear– algo mejor.
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