El arte sagrado de la pausa
En la vida, a menudo nos encontramos en situaciones que escapan a nuestro control, circunstancias en las que ninguna de nuestras estrategias funciona. Indefensos y angustiados, intentamos desesperadamente controlar lo que sucede. Nuestro hijo experimenta un empeoramiento académico y lanzamos una amenaza tras otra para controlarlo. Alguien nos dice algo hiriente y contraatacamos rápidamente o nos retiramos. Cometemos un error en el trabajo y nos esforzamos por disimularlo o nos esforzamos por compensarlo. Nos enfrentamos a confrontaciones cargadas de emoción, ensayando y elaborando estrategias con nerviosismo.
Cuanto más tememos al fracaso, más frenéticamente trabajan nuestros cuerpos y mentes. Llenamos nuestros días de movimiento continuo: planificación mental y preocupación, charlas habituales, arreglos, rasguños, ajustes, llamadas, tentempiés, descartes, compras, mirarnos al espejo.
¿Qué pasaría si, en medio de este ajetreo, dejáramos de controlar el control conscientemente? ¿Qué pasaría si detuviéramos intencionalmente nuestros cálculos mentales y nuestras prisas y, por un minuto o dos, simplemente nos detuviéramos y prestáramos atención a nuestra experiencia interior?
Aprender a hacer una pausa es el primer paso en la práctica de la Aceptación Radical. Una pausa es una suspensión de la actividad, un periodo de desconexión temporal en el que dejamos de avanzar hacia ninguna meta. La pausa puede ocurrir en medio de casi cualquier actividad y puede durar un instante, horas o incluso temporadas de nuestra vida.
Podemos hacer una pausa en nuestras responsabilidades habituales sentándonos a meditar. Podemos hacer una pausa en medio de la meditación para soltar pensamientos y reavivar nuestra atención en la respiración. Podemos hacer una pausa al salir de la vida cotidiana para ir a un retiro, pasar tiempo en la naturaleza o tomarnos un descanso. Podemos hacer una pausa en una conversación, dejando ir lo que vamos a decir, para escuchar genuinamente y estar con la otra persona. Podemos hacer una pausa cuando nos sentimos repentinamente conmovidos, encantados o tristes, permitiendo que los sentimientos fluyan a través de nuestro corazón. En una pausa, simplemente interrumpimos lo que estemos haciendo —pensar, hablar, caminar, escribir, planificar, preocuparnos, comer— y nos volvemos completamente presentes, atentos y, a menudo, físicamente quietos.
Una pausa es, por naturaleza, limitada en el tiempo. Reanudamos nuestras actividades, pero lo hacemos con mayor presencia y mayor capacidad para tomar decisiones. En la pausa antes de hincarle el diente a una barra de chocolate, por ejemplo, podríamos reconocer la excitación de la anticipación, y quizás una nube de culpa y autocrítica de fondo. Podemos entonces optar por comer el chocolate, saboreando plenamente las sensaciones, o tal vez decidir no comerlo y, en su lugar, salir a correr. Cuando hacemos una pausa, no sabemos qué sucederá después. Pero al interrumpir nuestros comportamientos habituales, nos abrimos a la posibilidad de nuevas y creativas formas de responder a nuestros deseos y miedos.
Claro que hay momentos en los que no conviene detenerse. Si nuestro hijo corre hacia una calle concurrida, no nos detenemos. Si alguien está a punto de golpearnos, no nos quedamos ahí parados, disfrutando del momento; más bien, encontramos rápidamente la manera de defendernos. Si estamos a punto de perder un vuelo, corremos hacia la puerta de embarque. Pero gran parte de nuestro ritmo acelerado y control habitual en la vida diaria no nos sirve para sobrevivir, ni mucho menos para prosperar. Surge de una ansiedad incontrolable ante la posibilidad de que algo esté mal o sea insuficiente. Incluso cuando nuestro miedo surge ante un fracaso real, una pérdida o incluso la muerte, nuestra tensión y esfuerzo instintivos suelen ser ineficaces e imprudentes.
Soltar el control y hacer una pausa nos brinda la oportunidad de ver con claridad los deseos y miedos que nos impulsan. Durante esos momentos de pausa, nos damos cuenta de cómo la sensación de que algo falta o está mal nos mantiene mirando hacia el futuro, rumbo a otro lugar. Esto nos brinda una opción fundamental en nuestra respuesta: podemos continuar con nuestros inútiles intentos de gestionar nuestra experiencia, o podemos afrontar nuestra vulnerabilidad con la sabiduría de la Aceptación Radical.
A menudo, el momento en que más necesitamos hacer una pausa es precisamente cuando resulta más intolerable. Hacer una pausa en un ataque de ira, abrumado por la tristeza o lleno de deseo, puede ser lo último que queramos hacer. Hacer una pausa puede sentirse como caer indefensos en el vacío: no tenemos ni idea de qué sucederá. Tememos ser absorbidos por la crudeza de nuestra rabia, dolor o deseo. Sin embargo, sin abrirnos a la experiencia real del momento, la Aceptación Radical no es posible.
A través del arte sagrado de la pausa, desarrollamos la capacidad de dejar de escondernos, de dejar de huir de nuestra experiencia. Empezamos a confiar en nuestra inteligencia natural, en nuestro corazón naturalmente sabio, en nuestra capacidad de abrirnos a todo lo que surja. Como al despertar de un sueño, en el momento de la pausa, nuestro trance se disipa y la Aceptación Radical se hace posible.

COMMUNITY REFLECTIONS
SHARE YOUR REFLECTION
5 PAST RESPONSES
A favorite quote.
"In between stimulus and response there is a space, in that space lies our power to choose our response. In our response lies our growth and our freedom."
Viktor Frankl
so important to pause, which will help keep the balance, am learning to pause:)
Aw, yes, to take a pause and be present. Doing just that today.
Reminds me of the old saying to take a deep breath and count to 10. That's a simplified version to remind me to pause (and maybe stop), look, and listen. Good examples and well stated tara. Thanks.
Are we not comparing pausing to mindfulness ?