En las enseñanzas de mis antepasados potawatomi, las responsabilidades y los dones se entienden como dos caras de la misma moneda. La posesión de un don conlleva el deber de usarlo para el beneficio de todos. Un zorzal tiene el don del canto, y por lo tanto, la responsabilidad de saludar el día con música. El salmón tiene el don de viajar, por lo que acepta el deber de transportar alimento río arriba. Así pues, cuando nos preguntamos cuál es nuestra responsabilidad con la Tierra, también nos preguntamos: "¿Cuál es nuestro don?".
Como seres humanos, cuya evolución más reciente se produjo aquí, carecemos de los dones de nuestras especies compañeras: la fijación de nitrógeno, la polinización y las migraciones de 4800 kilómetros bajo guía magnética. Ni siquiera podemos realizar la fotosíntesis. Pero poseemos dones propios, que la Tierra necesita con urgencia. Uno de los más poderosos es la gratitud.
La gratitud puede parecer un té flojo dados los desafíos desesperados que nos esperan, pero es una medicina poderosa, mucho más que un simple gracias. Dar gracias implica reconocer no solo el regalo, sino también a quien lo da. Cuando como una manzana, mi gratitud se dirige a ese árbol de brazos anchos cuyos agrios retoños están ahora en mi boca, cuya vida se ha vuelto mía. La gratitud se basa en la profunda certeza de que nuestra propia existencia depende de los dones de seres que, de hecho, pueden realizar la fotosíntesis. La gratitud impulsa el reconocimiento de la personalidad de todos los seres y desafía la falacia del excepcionalismo humano: la idea de que, de alguna manera, somos mejores, más merecedores de la riqueza y los servicios de la Tierra que otras especies.
La ventaja evolutiva de las culturas de la gratitud es convincente. Esta emoción humana tiene un valor adaptativo, ya que genera resultados prácticos para la sostenibilidad. Practicar la gratitud puede, de forma muy real, conducir a la autocontrol, a tomar solo lo necesario. Reconocer los dones que nos rodean crea una sensación de satisfacción, una sensación de suficiencia que actúa como antídoto contra los mensajes sociales que nos inculcan la necesidad de tener más. Practicar la satisfacción es un acto radical en una sociedad consumista.
Las tradiciones narrativas indígenas están llenas de cuentos con moraleja sobre el fracaso de la gratitud. Cuando las personas olvidan honrar el don, las consecuencias siempre son tanto materiales como espirituales. El manantial se seca, el maíz no crece, los animales no regresan y las legiones de plantas, animales y ríos ofendidos se alzan contra quienes descuidaron la gratitud. La tradición narrativa occidental guarda un extraño silencio al respecto, por lo que nos encontramos en una era en la que, con razón, tememos el clima que hemos creado.
Los seres humanos tenemos protocolos de gratitud; los aplicamos formalmente unos a otros. Damos las gracias. Entendemos que recibir un regalo implica la responsabilidad de devolverlo. El siguiente paso en nuestra evolución cultural, si queremos persistir como especie en este hermoso planeta, es expandir nuestros protocolos de gratitud hacia la Tierra. La gratitud es más poderosa como respuesta a la Tierra porque abre la puerta a la reciprocidad, al acto de dar.
Como seres humanos, cuya evolución más reciente se produjo aquí, carecemos de los dones de nuestras especies compañeras: la fijación de nitrógeno, la polinización y las migraciones de 4800 kilómetros bajo guía magnética. Ni siquiera podemos realizar la fotosíntesis. Pero poseemos dones propios, que la Tierra necesita con urgencia. Uno de los más poderosos es la gratitud.
La gratitud puede parecer un té flojo dados los desafíos desesperados que nos esperan, pero es una medicina poderosa, mucho más que un simple gracias. Dar gracias implica reconocer no solo el regalo, sino también a quien lo da. Cuando como una manzana, mi gratitud se dirige a ese árbol de brazos anchos cuyos agrios retoños están ahora en mi boca, cuya vida se ha vuelto mía. La gratitud se basa en la profunda certeza de que nuestra propia existencia depende de los dones de seres que, de hecho, pueden realizar la fotosíntesis. La gratitud impulsa el reconocimiento de la personalidad de todos los seres y desafía la falacia del excepcionalismo humano: la idea de que, de alguna manera, somos mejores, más merecedores de la riqueza y los servicios de la Tierra que otras especies.
La ventaja evolutiva de las culturas de la gratitud es convincente. Esta emoción humana tiene un valor adaptativo, ya que genera resultados prácticos para la sostenibilidad. Practicar la gratitud puede, de forma muy real, conducir a la autocontrol, a tomar solo lo necesario. Reconocer los dones que nos rodean crea una sensación de satisfacción, una sensación de suficiencia que actúa como antídoto contra los mensajes sociales que nos inculcan la necesidad de tener más. Practicar la satisfacción es un acto radical en una sociedad consumista.
Las tradiciones narrativas indígenas están llenas de cuentos con moraleja sobre el fracaso de la gratitud. Cuando las personas olvidan honrar el don, las consecuencias siempre son tanto materiales como espirituales. El manantial se seca, el maíz no crece, los animales no regresan y las legiones de plantas, animales y ríos ofendidos se alzan contra quienes descuidaron la gratitud. La tradición narrativa occidental guarda un extraño silencio al respecto, por lo que nos encontramos en una era en la que, con razón, tememos el clima que hemos creado.
Los seres humanos tenemos protocolos de gratitud; los aplicamos formalmente unos a otros. Damos las gracias. Entendemos que recibir un regalo implica la responsabilidad de devolverlo. El siguiente paso en nuestra evolución cultural, si queremos persistir como especie en este hermoso planeta, es expandir nuestros protocolos de gratitud hacia la Tierra. La gratitud es más poderosa como respuesta a la Tierra porque abre la puerta a la reciprocidad, al acto de dar.
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Beautiful ❤️ In this "ecozoic era" may we all come to the "thin places" in humility, vulnerability and love. }:- ❤️ anonemoose monk